EL AJEDREZ

 

Se fue abriendo lentamente la puerta de aquel café, dándole paso a un hombre ya de avanzada edad, al cual aún arrastraba rastros de su atractivo de antaño. Su elegante apariencia, era la de un señorito andaluz, alto, delgado, en su rostro prestaba sitio a una blanquísima barba, sus ojos acuosos eran de un pálido azul. Vestía, traje azul marino de raya diplomática, con chaleco a juego, sobre el ojal de su solapa, una flor ya un tanto marchita. Su cabellera blanca se resguardaba, bajo un viejo sombrero de estilo colonial. En una de sus manos portaba una bolsa, y en la otra se apoyaba sobre un precioso bastón.
Saludó, como solía hacer a diario, dejando un segundo ese bastón, se llevó la mano como un resorte al ala de su sombrero y con un toque, les dijo _ A la paz de Dios, señores._ ¿ Ha llegado la señora, Pepe?_ El camarero desde detrás de la barra le respondió cariñosamente. _ No don Ernesto, aún no llegó la señora._
Su pasos que aún seguían siendo firmes, elegantes se encaminaban hacía el lugar, donde se dedicaba a escribir, desde hacía años.
Sentándose cerca de la ventana, descargó sobre la mesa aquella bolsa, la abrió lentamente y comenzó a sacar su contenido, primero fue algo que desplegándolo, lo puso sobre esa mesa, era el tablero de un ajedrez, con extrema lentitud fue sacando de esa misma bolsa, pequeños envoltorios entre sus temblorosas manos, como si fuese aquello parte de un ritual. Uno a uno fue quitándoles el papel que los envolvía. Eran unas preciosas piezas de ajedrez, que tardó mucho hasta poner cada una de ellas en su casilla correspondiente. De vez en cuando se sacaba de un pequeño bolsillo de su chaleco, un precioso reloj de plata con cadena. Parecía algo inquieto, como si esperase a alguien.
Se le acercó el camarero, cariñosamente preguntándole _ ¿Qué va a ser don Ernesto, lo de siempre? _ A lo que el anciano le respondía _ lo de siempre Pepe, lo de siempre._ Así volvía a sacar de nuevo el reloj y acercándoselo a sus ya cansados ojos, miraba el tiempo transcurrido, tras la última vez en que lo había mirado.
El anciano no dejaba de mirar ese tablero. Sacando de vez en cuando del bolsillo de su traje, un blanco pañuelo, con el que se limpiaba la humedad de sus ojos.
Pasó un corto espacio de tiempo, el camarero le puso sobre la mesa un humeante café._ Aquí tiene, don Ernesto. _ A lo que el hombre un tanto preocupado le preguntaba
_ ¿No crees que está tardando mucho en llegar, Pepe? Y el camarero mirándolo por un momento, le sonreía y lo tranquilizaba una vez más _ no, don Ernesto, aún es pronto._ Así se alejaba Pepe con el rostro ensombrecido. Esa mujer a quien el esperaba, la conoció hacía años en aquél mismo lugar, tanto ella como él eran asiduos.
Solían llegar cada tarde por separado, sentándose cada uno en su rincón y dedicándose ella a leer y él a escribir. Así pasó tiempo, sin que se intercambiaran nada más que unas buenas tardes y alguna que otra mirada a escondidas.
A ella le gustaba observarlo, ver como se preparaba sobre su mesa su petaca de piel, una pipa o cachimba de madera negra y plata, que colocaba junto a los útiles de escribir y por último una funda de la que sacaba sus lentes necesarios para escribir. Así ese personaje silencioso, pasaba todo el tiempo, escribiendo y fumando aquél aromático tabaco, mientras ella escondida tras su libro seguía cada uno de esos pasos.

Una tarde ella en un acopio de valor, se levantó dirigiéndose decidida adonde él se encontraba, (presentándose)._ Hola, me llamo Gloria y desde hace tiempo estoy reuniendo el valor necesario, para hacer esto. Presentarme._ Una vez dicho esto, con la cara toda arrebolada y sin apenas aire en sus pulmones, por fin al decir aquello, respiró quitándose un gran peso de encima.
Él un tanto impresionado, por lo inesperado o quizás, porque seguía viviendo en el pasado, en el que no era habitual que una dama tomase la iniciativa de aquella manera. Titubeando por unos instantes, él hizo el ademán de ponerse en pié y con un gesto elegante le pidió que tomara asiento,
_ Encantado de conocerte Gloria, yo me llamo Ernesto. Hace tiempo que te veo sentada en ese rincón. Pero soy además de despistado, demasiado tímido, lo siento.
Así fue como comenzó esa amistad, que terminaría en una preciosa y extraña relación, la cual se le podía denominar de muchas formas, no se si de amor.
Miradas, palabras, gestos de complicidad, eran las herramientas que utilizaban, como dos adolescentes.
Solo se veían entre aquellas paredes. Pasaban esas horas entre conversaciones, risas, miradas, él le leía su último poema de amor, así hasta que llegaba el momento en que cada uno de ellos se marchaba por caminos diferentes.
Una tarde ella llegó, su aspecto delicado ese día era más patente en ella. Su rostro demacrado era demasiado débil.
Traía con ella una caja que se la entregó a el, con los ojos húmedos, que con una gran sonrisa quiso disimular su emoción. El con manos temblorosas por el parkinson fue abriendo aquel regalo, ella temiendo que con aquellos temblores en sus manos, se le cayeran las frágiles piezas de ajedrez
que habían pertenecido a su abuelo, pues las heredó de su padre, por lo tanto eran de un valor sentimental incalculable para ella. Con ese juego de ébano y marfil, pasaron veladas inolvidables su abuelo y ella, hasta altas horas de la madrugada a veces. En esas ocasiones el estudiaba sonriente de reojo cada uno de los gestos que su querida nieta mostraba en cada una de las ocasiones en que tenía que mover pieza. Ese tablero junto con sus fichas terminó siendo tan sólo parte de la decoración del salón. Ya que al morir su abuelo, ella quedó sola sin tener un contrincante en ese juego de estrategia.
Pensó que estaría ese ajedrez en buenas manos, ya que sabía que era amante de ese juego. Quería que el tuviese ese tesoro que había pertenecido a sus antepasados, ya que ella no tenía a nadie a quien dejárselo, ni sobrinos ni primos cercanos, hacía años que fue uno a uno perdiendo a su escasa familia quedando en un pequeño y oscuro piso sin más compañía que un pequeño gato de angora. Era la típica solterona que esperaba morir un día sola, ese día presentía que estaba muy cercano, por eso acudió esa tarde aún teniendo fiebre, a llevarle ese regalo a ese hombre que llenó tardes de su vida, con su compañía haciéndole esta parte de su vida mucho más placentera. Ella no quiso preocuparlo, sólo le dijo haber cogido frío pero que al día siguiente, se encontraría mejor. Así entre ojos humedecidos se despidió de el hasta el día siguiente.
Pero la tarde del día siguiente se vería enturbiada por su ausencia. El la estuvo esperando hora tras hora, pero ella no llegó. El entristecido se marchó a casa, con la esperanza de que al día siguiente, ella volvería a entrar como lo había hecho cada tarde desde hacía mucho tiempo.
Nunca volvió a verla entrar en aquel café. No supo nada de ella, se dio cuenta que aunque quisiera buscarla le sería totalmente imposible, no sabía de ella nada más que su nombre, solo eso. Los primeros días esa espera le hizo perder la razón, comenzó a preparar el ajedrez, y ha mirar su reloj de bolsillo mientras tomaba un café, que Pepe le servia con cariño.
Aun la seguiría esperando todas las restantes tardes de su vida.

 

Ángel Cámara