AL OLIVO DE MI TIERRA

 

 

 

 

De mi tierra

el olivo viejo,

venerable y recio,

forjado en la dureza

de una vida entera,

erguido,

 lucha por estar

pleno de humildad

y de entereza.

 

 Olivo viejo,

firme, quieto,

forjado

en mil y unas sequías

en las que apenas

si las lágrimas fluían.

 

Sin ti,

mi pueblo entero

carecería de vida,

olivo viejo,

tú que permaneces

y eres

muda memoria,

que por callado

no dormido

inundas de    belleza

los ojos del peregrino,

le das vida

y con tu firme estampa

en sus sueños anidas.

 

Nuestro olivo

está hecho de silencio,

como está hecho de silencio

el viento.

Olivo nuevo,

Tu que fluyes incesante,

dime si he de talarte

para que puedas crecer,

dime si he de morir

para que vivas...

y  moriré.

 

 

Tus ramas nuevas,

taladas

por manos que:

como el viento,

 acarician

y después te miman,

de belleza inmaculada,

virginal,

van trepando en ti los años

y te haces más real,

más hermoso,

más cabal,

con tu privilegiada silueta

inundas los paisajes de mi tierra,

te vas quemando al sol

para iluminar mi ausencia.

 

Olivos de mi tierra,

cansados de parir

tanta aceituna,

cavados a golpe de azada,

hoy eres luz y esperanza

de un pueblo que espera

su renacer cada mañana.

 

Sólo quiero

perpetuarte para siempre,

conseguir que vivas

eternamente,

que tu fluir no cese,

que te reveles al tiempo,

a la sed, al frío,

que no se te seque el alma,

ni tu belleza

y que la soledad

nunca te venza.

Tu...  siempre libre,

en el barbecho,

en los campos de mi tierra,

tu...  siempre mantente vivo,

eterno...  no desfallezcas.  

 

 

Ángel Cámara Jiménez