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AL OLIVO DE MI TIERRA
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De mi tierra el olivo viejo, venerable y recio, forjado en la dureza de una vida entera, erguido, lucha por estar pleno de humildad y de entereza.
Olivo viejo, firme, quieto, forjado en mil y unas sequías en las que apenas si las lágrimas fluían.
Sin ti, mi pueblo entero carecería de vida, olivo viejo, tú que permaneces y eres muda memoria, que por callado no dormido inundas de belleza los ojos del peregrino, le das vida y con tu firme estampa en sus sueños anidas.
Nuestro olivo está hecho de silencio, como está hecho de silencio el viento. Olivo nuevo, Tu que fluyes incesante, dime si he de talarte para que puedas crecer, dime si he de morir para que vivas... y moriré.
Tus ramas nuevas, taladas por manos que: como el viento, acarician y después te miman, de belleza inmaculada, virginal, van trepando en ti los años y te haces más real, más hermoso, más cabal, con tu privilegiada silueta inundas los paisajes de mi tierra, te vas quemando al sol para iluminar mi ausencia.
Olivos de mi tierra, cansados de parir tanta aceituna, cavados a golpe de azada, hoy eres luz y esperanza de un pueblo que espera su renacer cada mañana.
Sólo quiero perpetuarte para siempre, conseguir que vivas eternamente, que tu fluir no cese, que te reveles al tiempo, a la sed, al frío, que no se te seque el alma, ni tu belleza y que la soledad nunca te venza. Tu... siempre libre, en el barbecho, en los campos de mi tierra, tu... siempre mantente vivo, eterno... no desfallezcas.
Ángel Cámara Jiménez
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