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MI CALLE AYALA
La tierra ha dejado de girar. El inminente recuerdo de una época lejana, se apodera de mí, y por un instante, aquella calle empedrada que ahora está sola, sin nadie que la baje ni la suba, es mi calle que tanto subí y bajé. Los que conocen la calle Ayala, sabrán el porqué estoy diciendo esto. Los ventanales de las casas me han susurrado al oído, que aún me recuerdan, no han olvidado mi cara, ni siquiera han olvidado mi nombre... porque el tiempo, en este lugar hace mucho que pasó. Calle Ayala... ¡Qué recuerdos me vienen de mi infancia!, ¡Cuántas veces la subí y cuántas las bajé!, cuando iba al colegio del “Bombo”, para ir a comprar aquellos panes redondos a “Campos” o a “Lorite”, cuando iba a por agua a la fuente con aquellos cantaros que pesaban lo suyo y hacían más bulto que yo, o cuando subía a por leche con aquellas lecheras de latón a casa de mi tía Juliana que por aquél entonces tenia cabras en la misma calle, pero un poco más arriba de donde yo vivía. Me lagrimean los ojos, porque hace muy poco tiempo estuve allí, en mi calle, en mi casa y como se decía antes la “retraté”, para tenerla cerca, aunque sólo sea en un “retrato”, pero ahí está para mirarla cada vez que quiera, para llorarla cada vez que la melancolía me deje ese pozo de tristeza que ahoga a mi garganta. Porque yo nací en esa calle, porque yo jugué en esa calle y porque yo ahora todavía después de tantos años, aún sueño jugar en esa calle.
Yo soy un hombre de pueblo comprometido con mi tierra, me pide el corazón que la cante y yo no puedo decirle ¡Espera!.
Ángel Cámara Jiménez
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