LLEVO A ARJONA POR TODOS LOS POROS DE MI CUERPO
He visto asomar a mis ojos, una lágrima y he visto cómo lentamente se apagaba, como si temiera ser vista por la gente que al verme me saludaba. No es la primera vez que percibo este noble sentimiento de la nostalgia entre la gente que vuelve a su tierra después de algún tiempo. En realidad, el fuego de esa ausencia se mantiene tan vivo, que difícilmente lo apagarán los años de apartamiento, ni siquiera el hecho, terrible para los que un día se marcharon, de volver cada vez más tarde, como es mi caso. Pero sin embargo, queda Arjona, el pueblo que nunca muere, el mismo que configuró mis primeros pasos en este mundo, esas calles en las que transcurrió mi infancia: “El Borondo”, “La Vaporosa”, “El Romano”, “Las Torres”, “El Llano”, tantos recuerdos que llevo prendidos al cuello como una medalla que jamás me abandona y que me alivia la pesadez de mi trabajo en la lejanía, esa distancia que produce heridas difíciles de restañar.
Llevo siempre conmigo a mi “Arjona” del alma y noto que desde tan lejos el tiempo se me acaba, que ya casi apenas siento con tanta tristeza en el alma.
Amo del campo la tierra y la tristeza que entraña, que llevo el alma ungida de tanto y tanto llorarla.
Por los poros de mi cuerpo corren brisas milenarias y entre los surcos del arado están mis raíces ancladas.
Y siento que estoy cada día, mucho, mucho más lejos, aunque al recordar me vengan sobre la luz del sueño recuerdos que aún perduran anclados sobre mi pecho.
Siento aunque esté lejos, cómo el arado se clava en ésa tierra que llevo en mi corazón guardada.
Al olivar yo lo siento desplegarse a mis espaldas, llevo su escozor metido como el canto de cigarra.
Si yo pudiera regresar donde mis juegos primeros, pero presiento que a mi edad se le está acabando el tiempo.
Ángel Cámara Jiménez
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