ADIÓS A MI OFICIO DEL CAMPO

  

Adiós al campo de Arjona

donde tanto he trabajado,

desde cuando era un niño

de sol a sol en el tajo.

 

Cuando yo araba olivos

con el calor del verano

y oía arrullar a la tórtola

por la mañana temprano

y cantar a la perdiz

y al cuco en el mes de mayo.

 

Aquellas bandadas de palomas

que se comían el grano,

cuando quedaba al descubierto

que no enterraba el arado.

 

Adiós al ruiseñor de los álamos

y a esa tórtola mañanera

que nos saludaba con su canto

al rayar el nuevo día, nos decía,

agricultor ¡cuánto has madrugado!.

 

Adiós a la siega y a la escarcha

y a la amanecida del campo,

a la vendimia, al injerto,

a la hoz y al arado.

 

Adiós a viñas y olivares,

adiós trigos y garbanzos

que me llenaban de ampollas,

que me llenaban de callos,

mis débiles manos de niño

cuando yo iba a segaros.

 

Adiós al trabajo duro,

adiós al polvo y al barro,

adiós al frío del invierno

y a los calores del verano.

 

Adiós caminos y arroyos,

adiós a mi mula torda

y a mi borrico castaño,

no penséis que me olvido

aunque me haya marchado,

que treinta siglos viviera

siempre os estaré recordando.

 

Aquellas viejas aguaderas,

aquellos arados de palo,

mi buena yunta de mulas

y mi cortijero blanco.

 

Adiós a mi vida labriega,

adiós a mis duros años,

adiós a mi juventud,

adiós a mi oficio del campo.

 

    

 

Ángel Cámara Jiménez