Se sabía de memoria todas las horas del reloj, todos los bancos del parque y todas las sombras del sol.
Ella era diferente a todas las muchachas que yo había conocido antes, por eso me acerqué a ella sin miedo a que me rechazase, era tan dulce como la flor de menta y tan tierna como una rosa recién nacida por primavera.
Hallaba en su silencio tanta ternura, que me sentía apasionadamente feliz, estando a su lado.
Pero un día desapareció, era una tarde de otoño, ya sin aquella mujer el parque estaba vestido de más frío y humedad que de costumbre.
Los bancos vacíos, más hojas secas en el suelo que en los árboles, sólo yo, enormemente sólo, a solas con la compañía de mi cigarro, la tos, el bastón de siempre y mi pensamiento puesto en aquella mujer de ojos tan bellos, que no se borran de mi mente.
Tristemente y sólo me quedé, como aquél pájaro que siempre estaba por allí picoteando alguna miga de pan que alguien dejara olvidada.
Ahora los árboles con pocas hojas y yo con muchas lágrimas en mis ojos.
Me dolía mucho dejar aquél parque cada vez tenía que marcharme, algo mío se quedaba esperándola, por si regresaba tarde tras tarde.
Pero ella no volvió nunca, ahora soy yo quien se sabe de memoria, todas las horas del reloj, todos los bancos del parque y todas las sombras del sol...
Ángel Cámara Jiménez