Y LLORÉ COMO SIEMPRE
Como la hiedra se agarra
a una pared vieja,
el deseo de estar siempre en Arjona
se agarra a mi alma.
Soy más que nunca un Arjonero,
lo que en mí permanece
es el haber nacido allí donde
mi madre me trajo al mundo,
un hijo sembrado en esta tierra
y aferrado a ella para siempre.
Sentado en una piedra del camino
entre árboles secos
y flores marchitas,
observo con melancolía
desde esta orilla del río
aquellos tiempos vividos
y aunque todo era pobreza,
poco pan y escaso vino,
ahora ya pasado el tiempo
vuelvo a recordar
en la plenitud de mis años,
tantos y tantos recuerdos
que fueron quedando atrás,
pero que llevo grabados
aquí en mis adentros.
Me gusta escribir poemas
sentado en mi sillón,
en este cuarto rodeado de libros
y fotos viejas de mi pueblo,
donde nacen cada día
algún que otro verso.
Siempre mirando la vista atrás,
donde dejé al partir mi otro mundo,
mi luz de melancolía,
mis amigos de juventud,
mi gente a la vera del camino
entre olivos y hojarascas
hoy son parte de mi sino.
Tiemblo al pensar que, algún día,
todo esto se irá perdiendo
y ya no veré las lilas de los huertos
ni oleré la tierra
sembrada con tanto anhelo,
ni cruzaré palabras
en mañanas de sol,
ni recorreré los campos
en tardes de frío invierno.
Hoy he visto a mis amigos
aquellos que quedaron en mi pueblo
y he sentido deseos de abrazarlos
porque sé que algún día
todos se quedarán aquí
y yo me marcharé sin ellos saberlo.
Ayer estuve en el mismo sitio
donde jugaba en mi niñez
y como siempre
el sol de mediodía se detuvo a la orilla
de las redondas sombras de los olivos
y el verdor delicado de sus hojas
me daba su perfume conocido,
su pálido verdor, como otras veces
con cuánta nitidez vi nuevamente
los colores de mis veranos infantiles,
las imágenes vivas de aquel tiempo.
Del pozo alguien sacaba un cubo de agua fresca
y zumbando en torno a mí, las avispas,
cerca de aquí, en la era,
alguien trilla, dando vueltas
con el sol abrasador de la siesta.
Mi casa abandonada
tiene secretos que sólo yo sé,
mi casa derruida, es hoy viva en recuerdos,
ella guarda fantasmas del pasado,
alguna que otra foto
cuelgan aún de sus paredes.
Entro de puntillas, silencioso,
parece más grande que cuando en ella vivía,
dejo que mis pensamientos
suban a los techos carcomidos,
soy feliz (a pesar de mi extrema tristeza)
y sueño que aún sigo allí
que nunca me fui para siempre,
pero la realidad me despierta,
sabe que desde mi niñez, estuve ausente,
pero soñar no cuesta nada,
otra vez me desperté
y lloré como siempre...
Ángel Cámara