Por José Domínguez Cubero 


    
El caudal de letra impresa que corrió reverenciando los portentosos acontecimientos, de signo maravillosista, que ocurrieron en Arjona en 1628, permiten hacernos una somera idea de la importancia que en la historia de la Contrarreforma tuvo nuestro pueblo. Su nombre sonó en el ámbito de la cristiandad con más fuerza que en ningún momento lo hiciera.

Cruz de Villardompardo


El fervor religioso que acarreó el culto a las Sagradas Reliquias de mártires romanos convirtió a Arjona en santuario expiatorio, dispensador de indulgencias, donde el devoto de cualquier signo estamental encontraba un filón de riquezas con las que aumentar méritos para el goce de la vida eterna. 
Siguiendo la costumbre del Bajo Medievo, para mejor encauzar tan pío movimiento se organizan cofradías y hermandades de los pueblos limítrofes y menos limítrofes. El mismo año del descubrimiento de las reliquias se crearon junto con la Hermandad de los Santos Bonoso y Maximiano de Arjona, la de Higuera de Arjona, Villanueva de Andújar (hoy de la Reina), Escañuela, Torredonjimeno e Higuera de Martos (o de Calatrava). Dice don Santiago de Morales, el gran estudioso de nuestra Historia, que ese mismo

Cruz de Montefrío

 año las flamantes hermandades solicitan del vicario de Arjona la señalización de un lugar donde poder poner una cruz y hacer fiesta solemne a los Santos cada año, con asistencia a la procesión llevando sus correspondientes insignias. 

En los años sucesivos se instituyen las hermandades de Martos, Santiago, Jaén, Torredelcampo, Bujalance, Villardompardo, Cazalilla, Antequera, Castro del Río, Andújar y Córdoba. Todas estas cofradías colocan su cruz en el sitio que le fue indicado, juntándose con las puestas por otras cofradías de titular distinto, como fue el caso de la que trajo la de Nuestra Señora de la Cabeza de Montefrío (Granada) y con otras donadas por cofradías locales como la de la Virgen del Alcázar, de la Cabeza, Santiago, Angeles, Misericordia, Socorro, Gracia, Vera-Cruz y Hermanos Terceros. A éstas hay que añadir otra puesta por los Tercios, la que en la plaza del Alcázar o de Santa María se colocó con las armas del cardenal Moscoso y Sandoval, Obispo de Jaén, y la que donó el Ayuntamiento de la ciudad. 

No entiendo bien cuál sería el motivo que originó tal multiplicidad de cruces. Desde luego, está claro que es una declaración de adopción a la veracidad de lo sacro descubierto por parte de la masa devota, pero ignoro si en otros
sitios donde también ocurren acontecimientos semejantes, como en el Sacro Monte de Granada, se dejaron tales huellas testimoniales. Tal vez, lo de Arjona tenga que ver con aquellas cruces luminosas que misteriosamente avisaron para ella exhumación de tanta reliquia. 

 El bagaje crucífero se encuentra muy disminuido; solamente se conservan cinco. Tres en el Cementerio de los Santos, y dos en las plazas, a uno y otro lado de Santa María. Todas son obras de buena forja, aunque de ellas la mejor por su tamaño, diseño y confección es la que hoy ha vuelto afortunadamente a presidir la plaza de Santa María, traída por la Cofradía de la Virgen de la Cabeza de Montefrío, en honor de San Bonoso y San Maximiano, el día 29 de Septiembre de 1634. También destaca la de Villardompardo, en la parte posterior de la iglesia montada sobre pilar elevado en una interesante basa que parece aprovechada de arquitectura anterior. 

De las tres que hay en el Cementerio, la que se ubica en el centro de la plaza es la de Porcuna. Está sobre estilobato, montada en fuste pétreo. Es sencilla, pero de un bello diseño que representa la Cruz de Calatrava, a cuya orden pertenecía la localidad, nimbada por un círculo de rayos ondulantes, tal y como era norma de los orfebres hacer con los soles que llevaban las custodias-ostensorios, donde sin duda el diseñador tomó nota. Quiero llamar la atención sobre

Cruz de Porcuna

 ésta, porque hoy se encuentra en lamentable estado. Creo que la última vez que la vi sólo le quedaba un rayo de los veinte que poseía. No pienso que suponga mucho inconveniente repararlos, porque desde luego lo que no se puede consentir, es que tales vestigios de nuestra historia y arte desaparezcan por la desidia de no atacar los efectos corrosivos del tiempo. Si se deja perder, indiscutiblemente con ella se va el dato tangible que perpetúa aquella página de Arjona barroca que habla de las pompas y solemnidades que se hicieron en el siglo XVII, cuando fueron entronizadas. En concreto, de esta cruz de Porcuna dice el inolvidable D. Santiago de Morales que llegó bajo palio, llevando las varas el Ayuntamiento, que «era dorada». Seguía el clero con vestiduras de lujo, cuatrocientos cofrades vestidos de negro con hachones de cera en las manos y trescientos arcabuceros, que entraban disparando sus armas» ¿Acaso se puede pedir más teatralidad a esta estampa de nuestro Barroco? 

Además, ellas, junto con aquel cómputo de letra impresa que dije comenzando este escrito, son hoy signo parlante de aquellos prodigios que redoblaron la fama de Arjona. Respetemos su presencia y evitemos su deterioro que de esta manera nuestro paisaje urbano sentirá el orgullo de su propia y excelente condecoración.

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